Testimonio PEJ’14

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PEJ2014

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El pasado día 24 de octubre empezó un fin de semana diferente para mí. Empezó la Peregrinación y Encuentro de jóvenes a la Virgen de la Cabeza.

Era la primera vez que tenía esa experiencia y para mí era todo nuevo. Hasta esa misma tarde del viernes que nos íbamos, no sabía ni siquiera lo que me tenía que llevar. Tenía unas mariposas en el estómago y unos nervios por saber que era lo que me iba a encontrar, cómo iba a ser el camino (teniendo en cuenta que hacía tres meses que me había operado de una rodilla), qué era lo que íbamos a hacer… Sin embargo, fue unos de los mejores fin de semana que he pasado. Si alguien me preguntara si lo volvería a hacer, sin dudarlo mi respuesta sería SÍ.

El viernes llegamos a Andújar por la noche. Lo primero que hicimos fue dejar las cosas en el colegio Madre del Divino Pastor e ir a cenar, que teníamos que coger fuerzas para el gran fin de semana que íbamos a vivir.

Con el estómago lleno, ahora había que saciar la otra hambre, el hambre de Dios. Para ello, el Adoremus de este mes la íbamos a celebrar en Andújar antes de empezar nuestro camino. En este punto he de hacer mención al gran testimonio que hizo Leo. Un chico del Youcat de Mengíbar, que hizo un paralelismo entre el camino y su vida como joven. La verdad es que cualquier joven cristiano se podía identificar con él y, además, cuando haces el camino ves que todo lo que dijo, pasa en la vida de un joven.

Después del Adoremus, llenado ya el estómago, llenados ya de Dios sólo nos quedaba descansar, o mejor dicho: intentar descansar, ya que, a las cuatro y media de la madrugada continuamos nuestra aventura del fin de semana, porque ya lo habíamos empezado con el Adoremus.

Las luces del gimnasio del colegio se encendieron a las cuatro y media de la mañana. Aún no se podía decir que había comenzado un nuevo día porque ni siquiera había amanecido. Yo, personalmente, tenía la sensación de estar en el mismo día. Rápidamente, recogimos todos los sacos, nos vestimos y desayunamos.

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Después de esto, ya estábamos listos para empezar a caminar. Pero antes, teníamos que darle los buenos días a la Virgen, a nuestra madre. Porque… todos cuando nos levantamos le decimos buenos días a nuestra familia, ¿a qué sí? Pues nuestra madre no podía ser menos.

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A las cinco ó cinco y media que empezamos nuestro camino aún era de noche, así que el principio de nuestro camino fue con linternas. En este momento, si echabas un vistazo al cielo te dabas cuenta de lo pequeños que somos y de lo inmenso que es el universo y las maravillas que ha hecho Dios. El cielo estaba estrellado como nunca. Era una preciosidad. Creo que jamás había visto un cielo como ese. Sin embargo, esto no iba a ser la única maravilla que iba a ver en este camino. A las ocho más o menos empezó a amanecer. La luz empezaba a iluminarnos y ya no nos hacían falta las linternas. Por fin, acabábamos esa primera etapa del camino. Llegamos a San Ginés. Allí nos esperaba un bocata y una botella de agua para reponer fuerzas para el resto del camino.

Pero, como deportistas que éramos todos, no podíamos descansar mucho porque el cuerpo empezaba a enfriarse y las molestias de las rodillas empezaban a dar la cara. Por ello, rápidamente nos pusimos de nuevo en marcha.

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Como todo nuevo peregrino, tenía que ser bautizada. Llegamos a una fuente y allí Pepe me bautizó. Tenía que practicar para cuando fuera sacerdote. Me dijo unas palabras muy bonitas y que las guardaría para siempre: “Que éste recuerdo del bautizo sea signo de peregrino en el Camino” Ya bautizada continuamos nuestro camino. Y ya llegamos a la siguiente parada: “El lugar nuevo”. Ahí tomamos un pequeño tentempié para terminar nuestro camino y para coger fuerzas para nuestra última etapa.

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La siguiente parada era el Santuario. Como ya he mencionado anteriormente, yo era nueva en esto, y todo el mundo me hablaba de los caracolillos que eran muy duros, es lo peor del camino etc. Pero llegamos a ese lugar tan famoso entre los peregrinos. La verdad es que ya estábamos reventados, estábamos cansados, las piernas ya pesaban pero se superan. Fue como subir cualquier cuesta de Jaén pero con piedras. Pero nadie dijo que esto iba a ser fácil. Había que esforzarse por llegar a la meta, hay que esforzarse por llegar a nuestros objetivos, porque sin esfuerzo, nada se consigue. Qué razón llevaba Leo en el Adoremus, aquel camino era como la vida de cualquier persona: con etapas más duras y menos duras pero siempre hay que esforzarse por conseguirlas. En este caso, nuestra meta era llegar a ver a la Virgen de la Cabeza y al final lo conseguimos, llegamos.

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Llegamos muy cansados y con mucho calor. Estábamos deseando de darnos una ducha. Así que, no esperamos ni un segundo. En cuanto nos dieron nuestra habitación no dimos una ducha que nos supo a gloria. Y después a comer, había que reponer fuerzas tras nuestra caminata. Pero después de comer, nos relajamos tanto que más de uno nos dimos una cabezadita. Sin embargo, el fin de semana era muy corto y teníamos que aprovecharlo.

Hicimos unas dinámicas de grupo sobre los payasos. Nos dividimos en diferentes grupos y estuvimos debatiendo en cómo ayudar al pobre payaso tiritas, que había perdido la ilusión por hacer reír a la gente. A mí, en particular me tocó ser el payaso soirée, el cual salía entre las representaciones de los otros payasos.

Después de la cena, la fiesta continuaba. Hicimos un concurso de karaoke de chicos contra chicas. Por supuesto ganamos las chicas. Los chicos tienen que hacer trampas para ponérnoslo un poco más difícil.

Pero no podíamos olvidar de la gran anfitriona del fin de semana. La oración de la noche la hicimos en el santuario. Había que volver a subir aquella cuesta, y aunque ya estábamos más descansados, nos costó más llegar. En la reflexión de la noche, seguíamos con la temática de los payasos y los responsables nos preguntaron si queríamos ser payasos de Dios. Y todo el que quisiera podía cogerse una nariz roja y hacerse payaso de Dios. Porque los jóvenes no podemos ser personas tristes, sin ilusión en la vida. Los jóvenes cristianos tenemos que animar a los demás y estar felices porque somos payasos de Dios, porque seguimos a Dios y porque somos hijos de Dios.

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La noche se echó encima, estábamos cansados, pero aún así la noche era joven. Así que nos quedamos un ratillo cantando algunas canciones en el porche de la casa de la hermandad.

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Llegó la hora de irse a la cama, así que, dejamos que el sueño nos invadiera y como estábamos tan cansados, no tardamos mucho en caer rendidos. Esa noche se atrasaba una hora el reloj, y eso nos vino muy bien para poder dormir una horilla más.

Llegó el domingo, el último día de nuestro gran fin de semana. Así que, teníamos que seguir con la fiesta. La fiesta del domingo. Así que a las doce de la mañana el señor Obispo, Don Ramón, ofició la eucaristía para darle gracias Dios por nuestro encuentro y peregrinación.

Después, nos fuimos a tomarnos un aperitivo, que nos sirvió para ir conociendo más a la gente. Pero éramos tantos que nos contó encontrar algún sitio.

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El final se iba acercando, pero aún nos quedaba la última comida y las últimas fotos. ¡Qué fotos más divertidas nos echamos en el fotocol! Nos disfrazamos de todo: de payasos, algunos con caretas de animales e incluso otros de César. Aquí pudimos comprobar el futuro de la Iglesia. Nos lo pasamos muy bien. Pero como todo, llegó el final. Llegó el momento de las despedidas. Pero estas despedidas no son para siempre, sino un “hasta luego”. Hasta el próximo encuentro.

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Fue un fin de semana que quizás no haya podido estudiar, no haya podido adelantar ningún trabajo para la universidad… Pero este camino, este fin de semana, me ha ayudado a continuar, a coger fuerzas para continuar con mi propio camino, el que hay cuestas, zonas más llanas y tramos de caracolillos. Por eso, desde aquí quería agradecer a todas aquellas personas que me animaron a ir, a las que me han ido animando durante el camino,a las que he conocido y a Dios por este gran fin de semana y por los buenos ratos que hemos echado. ¡¡MUCHAS GRACIAS!!

A. M.